Se llamaba Titus Pomponius, también llamado, el Atico, y si debiéramos atribuirle a alguien la invención de las listas de libros que felizmente ha azolado nuestras bitácoras en los días pasados, sería a él. Quien tenga en su lista de favoritos a Cicerón lo conocerá, pues el “De amicitia” le está dedicado.
Porque Titus Pomponius es considerado el primer editor profesional de la literatura occidental. En su austera propiedad, trabajaba un equipo de copistas y traductores (el mismo era un experto en griego, de ahí su sobrenombre— y además mantenía tertulia en una de las vias principales de Roma. Más que una tienda, era un lugar de encuentro para poetas, intelectuales y patricios desocupados, quienes llegaban a discutir de las últimas novedades literarias y colgaban sus listas de libros favoritos en la puerta de su local. Y estoy seguro que de haber existido Internet en su época habría mantenido un Blog literario.
Si Pomponius Atico fue el inventor de las listas librescas, fue Philo de Bizancio quien en su libro “De las siete maravillas” dio inicio a una de las listas más famosas y cambiantes de la historia y que estoy seguro muchos recuerdan aún haber tenido que memorizar en la escuela. Hacer listas parece ser inherente a nuestra cultura, la razón más obvia es el mecanismo mnenmónico de la lista.
Las listas literarias están seguramente ligadas con los catálogos, y las bibliotecas públicas. Fue durante el renacimiento temprano que Petrarca, poeta y bibliófilo (editor de las cartas de Cicerón a Pomponio), quiso legar su biblioteca a la ciudad de Venecia, pero por desgracia a su muerte sus libros se desperdigaron, llegando hasta nosotros sólo las listas de sus libros.
Otra famosa lista libresca de la cual forzosamente tengo que acordarme, es la del donoso escrutinio de la biblioteca del Quijote que hiciero el cura y el barbero. Escena visionaria llena de emoción y tragedia en la historia universal del libro.
La lista literaria más discutida y que mayor revuelo causó en todas las universidades del mundo fue la publicada por el pretencioso Harold Bloom en su libro El canon occidental hace unos quince años. La lista inicial de Harold Bloom era de veintiséis escritores —a quienes él consideraba la esencia de nuestra cultura occidental—, y las malas lenguas cuentan que sus editores le ofrecieron un millón de dolares si expandía la lista. Menos controvertida, y más humilde en sus pretensiones, la Biblioteca Personal de Borges, compuesta por cien títulos que habla de los libros, los cuales "le proporcionaron dicha y que le gustaría compartir" con sus lectores.
No he podido sustraerme a la emoción y osadía de perpetrar una lista de lecturas y también ante la amable invitación de varios de vosotros. He leído la mayoria de las listas publicadas, con admiración, sorpresa y en algunos casos con emocionada gratitud. La mía es una más que ofrezco con humildad y amistad a Isabel Perez del Pulgar, Nuria Millet, Karmen y Blas Martinez quienes en los días pasados amablemente me han invitado a jugar.
Hacer esta lista, ha sido una especie de introspección, un intento, seguramente vano, de entender un poco porque soy como soy. Mi criterio no podía ser que cronológico, pues mis primeros libros fueron los que más me han marcado. Algunos se convirtieron en compañeros de toda la vida, otros quedaron allí en el fondo de mi memoria macerándose y seguramente corrompiendome el alma.
Las mil y una noches. En su versión infantil y muy pronto gracias a mi abuela en una bellísiama edición de tapas rojas en dos tomos. El miedo y la maravilla combinadas y la navegación en ese meandro de historias seguramente fue lo que más atrajo de niño.
Memorias de una pulga. Novela pornográfica que leí a los diez años y que seguramente es el origen de todos mis problemas emocionales. La leí seguramente sin entenderla pero maravillado de esa pulga que sigue las aventuras enrevesadas de un convento de curas rijosos y niñas y monjas insaciables.
Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, era la edición de mi hermana, y se lo robé para leerlo encerrado en el baño durante horas. La soledad, la búsqueda. Seguramente terminó de dañarme el poco cerebro que me había dejado el libro anterior.
Don Quijote. El martirio de mi niñez, mi padre me hizo transcribir muchos capítulos como ejercicio de caligrafia. También mi primera humillación, porque cuando le conté a mi madre que ya podía leer, ella me quitó el libro y me dijo “A ver cuentame, de que trata el libro”.
El lobo estepario. Herman Hesse. El libro que le hizo creer a un adolescente que podía ser alguien diferente de quien era.
La Divina Commedia. Dante Aligheri. Libro que se debe prohibir a niños menores de doce años, sobre todo con las ilustraciones de Doré. Lo robaba de la biblioteca solo para ver las ilustraciones.
La piel de zapa. Novela mágica de Balzac, sobre la maldición de los deseos.
La educación sentimental. Flaubert. La única historia de amor que no puedo leer sin llorar.
El jugador. Dostoyevski. Como hacer del vicio de jugar una virtud para destruirse.
Historia del Corazón. Vicente Aleixandre. Quien me reconcilió con la poesía y me convenció que una historia de amor puede ser contada en poemas.
Diccionario Crítico Etimológico. Pascual Corominas. Tan maravilloso como las Mil y una noches.
Los libros anteriores me fueron dados por la vida y el azar, si pudiera hacer una lista de libros que fueron como mujeres que vi pasar y me gustaron y que aprendí a amar y a entender, para poder gozar de ellas, mi lista sería:
- La Divina Commedia –. Un árbol de historias maravillosa sobre el amor, la fantasía y 1000 años de literatura
- El Fausto – Primera Parte - Historia de amor con final obvio
- Fábula de Polifemo y Galatea - Poesía pura para pintores
- Poesía – Ungaretti - El dolor hecho poesía
- El Doctor Faustus – Thomas Mann - Música y filosofía hecha novela
- Tristan e Isolda – Beroul - La más bella y apasionante historia de amor
- Rubaiyat – de Omar Khayyam – Erotismo hecho palabras, que resiste cualquier traducción
- Entre la realidad y el deseo – Cernuda - La mejor poesía moderna en español
- Cantos – Leopardi - Melancolía dolorosa hecha imágenes
- Ensayos - Octavio Paz – De quien aprendí a pensar y razonar
No puedo olvidar a Titus Pomponius quien fue especial hasta en la forma de su muerte, pues fue el primer paciente que eligió morir por eutanasia. Se dejo morir de hambre para evitar alimentar a la enfermedad que lo postraba.
PS
Invito a hacer sus listas o dejarlas acá a:
- Demonicus Imprimatur - del Blog Psico Delirium
- Paco Nadal
- Remedios de Flores en el ático
- Eduardo Montagut Contreras
- Pat
- Patricia de Souza - del blog palincestos .
1 comentario:
Interesante entrada y muy informativa.
La mayoría de los librosque dejaste ya los leí, excepto tres, pero no comprendo lo de las listas?
sigo leyendo tu blog, saludos
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